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Desde hace casi una década, la comunidad pesquera de Marcona encontró que el mar varaba oportunidades en forma de algas. El sargazo, un recurso que antes era considerado como una plaga, fue convertido en una fuente de sustento y una nueva forma de trabajar y progresar. Ahora, cooperativamente, los pescadores de Marcona se han convertido en guardianes de la biodiversidad y agentes de cambio para su comunidad. Aún enfrentan muchos retos y desafíos. ¿Cómo se produjo esta transformación?

Las olas se levantan casi dos metros. Estallan violentamente contra los farallones de rocas afiladas que salpican la orilla en las playas en la zona sur de San Juan de Marcona, provincia de Nazca, en Ica. Hoy, en sus 90 km. de litoral, no se ve ningún bote de pesca en el horizonte. La Capitanía de Puerto ordenó poner bandera roja, pues las condiciones son muy peligrosas para que se hagan a la mar esta mañana. En la playa Tres Hermanas, los buzos a esta hora deberían estar preparándose para recoger los pulpos, lapas, chanque y erizos que viven pegados a los peñascos; pero tampoco se animan a entrar al agua. Hay mucho oleaje, y la marea viene subiendo rápido. Sin embargo, para la comunidad de pescadores de Marcona, este no será un mal día.

San Juan de Marcona es una localidad eminentemente minera, pero con una importante presencia de pesca artesanal. Se estima que el 15% de su  población está relacionada con esta actividad. Su costa tiene un atributo peculiar: es la principal zona de afloramiento en el mundo. Son movimientos ascendentes de masas de agua fría que traen consigo gran cantidad de nutrientes -nitratos, fosfatos, silicatos, etc.- desde el fondo marino hacia la superficie. Gracias a esto, la producción biológica es muy rica y variada, pero también bastante frágil.

Embarcados y no embarcados

En Marcona viven cerca de 66 pescadores que aprovechan su abundante vida marina. Se han agrupado en 16 asociaciones, que a su vez integran dos gremios: el de pescadores embarcados, que trabajan extrayendo peces en sus botes; y los no embarcados, que viven de los recursos en la orilla. Todos ellos conforman la Comunidad Pesquera Artesanal de Marcona (Copmar).

“Marcona es un distrito ecológico, que tiene dos áreas naturales protegidas (La reserva San Fernando y Punta San Juan) y un área de co-manejo, o PPD que es su proyecto bandera” señala Manuel Milla, vicepresidente de Copmar. El PPD, o  Programa Piloto de Recuperación de Ecosistemas Acuáticos y Usos Sostenibles de su Biodiversidad, es un sitio piloto que se estableció  gracias al apoyo del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en el marco de la segunda fase del proyecto Humboldt, que tiene como uno de sus objetivos crear oportunidades productivas con personas organizadas e integradas.

“El PPD es un programa que formulamos el año 2000, a partir de las desgracias que nos ocurrieron en la década del 90. Tomamos un modelo que se estaba aplicando en Chile, donde había una figura de derecho jurídico que le otorgaba a los pescadores artesanales un espacio sobre el cual administrar”.

El programa consiste en designar un área de la zona sur de Marcona a sendas asociaciones, que se hacen responsables de su cuidado y, a cambio, se benefician de la extracción sostenible de sus recursos. En virtud de ello, se han preocupado por construir rampas de acceso y se encargan de la seguridad. Asimismo, realizan por lo menos dos jornadas de limpieza semanal.

De basura a tesoro

Con las olas, el mar escupió oportunidades. La playa Tres Hermanas (como todas las demás playas en este lugar) se encuentra al pie de un acantilado de unos 150 metros. Desde la cima descienden dos camionetas con una decena de pescadores. Ya en la rampa de acceso -que muchos de ellos ayudaron a construir- se puede sentir el penetrante olor rancio de las algas que el mar ha varado durante la madrugada. La enorme masa de color pardo-verdoso cubre gran parte de la orilla. Es el sargazo, o Macrosystis Pyrifera, una planta submarina, que al cumplir su ciclo de vida, se desprende del fondo y flota a la deriva gracias a unas vesículas llenas de aire, que parecen frutos, y que las llevan a amontonarse en las costas.

El sargazo tiene un sinfín de aplicaciones en la industria. Algunos de sus componentes se utilizan como espesantes y emulsionantes en la producción de alimentos elaborados; como helados, salsas, alimentos para bebés, aliños de ensaladas, etc. En la industria farmacéutica se utiliza para el tratamiento de la obesidad. Se estudian algunas propiedades que podrían servir para tratar la diabetes.  En tanto, su alto contenido de azúcares, que se extrae con procesos biotecnológicos, puede ser aprovechado en la elaboración de biocombustibles como el Etanol.

Los autos llegan a la orilla. De la tolva de una camioneta desciende cuidadosamente Antonia Apaza. Ella pertenece a la asociación de pescadores no embarcados “Arca de Noé”, que se encarga de la colecta pasiva de algas en esta playa.

Antes de los noventa, para los pescadores, estas algas eran consideradas basura, porque se pudrían en la orilla y se llenaban de mosquitos y alimañas. Por esa época, la escasez de pescado y la crisis económica golpearon muy fuerte a todos en esta localidad, especialmente a los migrantes andinos que no estaban calificados para trabajar en la mina, ni tenían el capital para trabajar en la pesca embarcada.

“Desde el año 90 he trabajado aquí, junto con mi esposo, que era buzo. Él se metía a sacar mariscos y yo comencé a ‘orillar’ (recolectar algas de la orilla). En esos tiempos había crisis en la pesca. Venían flotas de fuera y se llevaban todo. Para colmo había fenómeno de El Niño. Nada de pescado quedaba para nosotros”, comenta Antonia, cuya situación se puso aún más difícil con el fallecimiento de su esposo.

Cuenta que gracias a la asociación, empezaron a aprovechar el alga. Su trabajo consiste en recolectar montones de sargazo y extenderlos en la arena para que sequen. Una vez  deshumedecidos, los agrupa en ‘bolas’ de poco más de un metro y medio de diámetro, para después subirlas en camiones y enviarlas a las plantas de procesamiento.

“A base de las algas, tenemos un sustento, y esto me ha permitido educar a mis hijos”, dice Antonia antes de contar, orgullosa, que el mayor acaba de graduarse en ingeniería mecánica y el segundo está estudiando Derecho.

Aquí el desarrollo y las oportunidades no distinguen género. Antonia no es la única mujer. En su asociación son otras diez damas que comparten los mismos derechos y responsabilidades que los hombres. “Todos trabajamos en armonía. Acá no existe discriminación”, dice con una sonrisa amplia.

Un círculo virtuoso

En la parte norte de Marcona se encuentra el Área Natural Protegida San Fernando, una gran reserva que alberga poblaciones de lobos marinos, pingüinos de Humboldt, y muchos tipos de aves guaneras. Este santuario ecológico ha recuperado a la población de mamíferos y aves, gracias al aprovechamiento del alga, la presión sobre la explotación del pescado es mucho menor. 

“Antes los pescadores salíamos en los botes y utilizábamos las redes de cortina. Eso nos hacía pelear con los lobos, porque rompían las redes para llevarse nuestro pescado”, cuenta Felipe Cahuana Sea, presidente de la asociación de pescadores embarcados Apromar.

Ahora, comenta, muchos ya no tienen que arriesgarse y salir solamente a pescar, se dedican también a la colecta pasiva. “En Apromar trabajan 24 socios en tres grupos. Cada dos meses, uno de los grupos descansa. De esta manera, no se agota el recurso y las utilidades pueden ser compartidas por todos”.

Esta reducción en la presión del recurso pesquero, también ha significado mayor bienestar para las otras especies que también prosperan. “Ahora somos amigos de los lobos y de las aves. No afectamos nada. Gracias a la colecta pasiva”.

La geografía de la reserva es mucho más escarpada que la del PPD. Los acantilados frente al mar se levantan sobre los 200 metros. Aquí, construir rampas de acceso no es una opción, ya que esta es un Área Natural Protegida, y no se puede perturbar el paisaje.  Sin embargo, la colecta de algas no se detiene. Desde la parte alta los recolectores llegan con largos cables de metal, y utilizando un sistema de poleas, se las han ingeniado para subir su pesado cargamento y llevarlo a la ciudad de Nazca, donde será procesado y preparado para exportar al otro extremo del planeta. El destino final, China.

Ensayos y errores

Los pescadores siempre están buscando la mejor manera de aprvechar los recursos. De vuelta a Marcona, al sur del PPD, otro grupo de recolectores trabaja en el sector denominado Carro Caído. Cometo el error de decir que estos pescadores “cosechaban” las algas. Instantáneamente me corrigen, como si hubiese lanzado una grosería. Acá no se cosecha, precisan, se hace “colecta pasiva”.  Puede parecer un tecnicismo, pero la diferencia es crucial.

Hace unos años, el Instituto del Mar del Perú (Imarpe) instruyó a los pescadores que el alga se podía cultivar del fondo marino, si se cortaba dejando determinada longitud en los tallos fijados al fondo. Sin embargo, la experiencia de los pescadores les demostró que esto no era así. El alga moría, y ya no llegaba a la costa en las mismas cantidades. Basados en sus observaciones, la asociación prohibió a sus miembros cortar el alga. Solo se aprovecharía la que vare el mar naturalmente. Este conocimiento fue compartido a todos los miembros de Copmar y adoptado como norma.

Un poco más al sur de Carro Caído, se encuentra la playa de Cruz de Yanyarina. Las formaciones rocosas en esta parte son más tupidas y en algunos puntos, cuando baja la marea, se forman piscinas naturales. Allí los pescadores en la orilla llevaron a cabo experimentos con el engorde de pulpo y acuicultura.

Sin embargo, la experimentación no llegó a buen puerto. Para hacer más estables estas piscinas naturales, los pescadores intentaron construir pequeños muros, para que no se escapen los moluscos con la marea alta. “Tuvimos resultados importantes, pero comenzaron a aplicarnos multas porque no teníamos permisos para hacer construcciones, o para manejar ese recurso”, señala.

También nos relatan que han tenido experiencias fallidas con la acuicultura. Intentaron colocar piscigranjas para criar tilapia, y venderla a la población, pero se encontraron con una difícil realidad. La tilapia, un pez de agua dulce, sirvió antes para alimentar a gaviotas y piqueros que los robaban sin control.

Manuel Milla, de Copmar, dice que la investigación es necesaria, pero sienten que el Estado no los apoya. “Experimentamos, pero no se sistematiza la información. Si lo trasmites, no te hacen caso. Necesitas un ‘paper’ científico para tener atención”. Sostiene que encargar un estudio al Imarpe es muy costoso. Ahora están solicitando la valoración de los bienes y servicios del ecosistema del PPD Marcona.

“Hace tres años Imarpe hizo la valoración económica de bienes y servicios de la ANP San Fernando y llegó a calcular que está por los $ 60 Millones. Esto es importante porque si hay alguna afectación o algún impacto ambiental, nosotros ya tenemos un monto estimado sobre el cual iniciar un proceso judicial con la empresa por haber dañado el medio ambiente. Estamos muy empeñados en conocer esto, pero no tenemos suficiente dinero para encargar este estudio”, dice Milla, con una inconfundible expresión de fastidio.

Una planta para las algas

La comunidad pesquera también entendió que para progresar es necesario sofisticar sus productos. Manuel Milla comenta que la comunidad pesquera tiene la ambición de construir en la ciudad un complejo pesquero que les permita colocar astilleros para reparar sus botes, acopiar y procesar el alga que recolectan y levantar un centro de procesamiento de mariscos, para agregar valor a sus productos.

Sin embargo, su problema es de espacio. Gran parte de la ciudad de Marcona se encuentra en una concesión minera, que ha sido otorgada a la empresa Shou Gang Hierro Perú. “Pese a que hay terreno, no hay posibilidad de crecer, porque es concesión minera. Por eso es que acá no podemos tener un complejo pesquero, o una industria mínima o básica”, expresa Manuel. Agrega que para cederles las 20 hectáreas que necesitan para llevar a cabo esta ambición, la empresa les pide una propuesta sostenible y sustentable. Asegura que ya se ha enviado dicha propuesta, elaborada con la ayuda de algunos organismos aliados.

“Ahora tenemos las algas, tenemos la oportunidad de exportarlo, poner mano de obra calificada y trabajarlo acá poniendo plantas. La empresa dice que no se puede”.

Sin embargo, en San Juan de Marcona, cuando los tiempos eran más difíciles y la población parecía colapsar ante los problemas, se encontraron soluciones que resultaron positivas para su gente y el medio ambiente.

El mar sigue bravo, y quizás mañana las embarcaciones tampoco puedan salir a laborar. Pero estos pescadores saben que el tamaño de las olas eventualmente amainará y el océano les volverá a brindar la oportunidad de aprovechar sus riquezas. Ellos estarán listos.

Texto: AndrésVelarde // Fotos: Bruno Cámara  Rojo y Mónica Suárez Galindo / PNUD Perú

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Publication date: 
07/06/2017
Publication Organisation: 
UNDP Peru
Country/ies: 
Peru
Thematic Area: 
Marine Protected Areas
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socrates